Vida Abenarabi

IbnArabi

Abu Bakr Muhammad Ibn ‘Ali Ibn ‘ Muhammad al-Hatim al-Ta’ i al-Andalusi (Murcia, 28 de Julio de 1165 – Damasco, 16de Noviembre de 1240), más conocido como Ibn Arabi, Abenarabi (para los cristianos) y Ben Arabi es considerado por muchos como auténtico “padre del sufismo” y reconocido por todos como la personalidad más influyente de la historia del misticismo islámico. Tanto se valoran en el mundo árabe sus aportaciones en diversos campos espirituales que se le ha otorgado el sobrenombre de “Vivificador de la Religión”. Se podría decir que era un Santo para los musulmanes .

Nacido en Murcia, de padre murciano y madre bereber, se trasladó con su familia a Sevilla a la edad de 7 años. Sus estudios literarios juveniles transcurrieron entre Lora del Río y Carmona.En las campiñas de las vegas béticas del Guadalquivir, Abenarabi realizó sus primeros estudios literarios juveniles y escribió célebres poesías entre los olivos y los regadíos loretanos y el alcázar carmonense.

En plena juventud de Abenarabi, su padre vuelve a cambiar de residencia y se instala en la corte de Córdoba, dándole acogida el entonces rey almohade Yahya ben Ganiya (Taifa de Córdoba). Allí, en Córdoba, el padre de Abenarabi se hizo amigo íntimo del célebre filósofo y médico Abu-I-Walid Muhammad ibn Rusd, conocido mundialmente como Averroes, que entonces acababa de ser nombrado gran cadí de Córdoba. Averroes era un cordobés nacido 21 años antes que Abenarabi pero con quien mantuvo muchos encuentros que iniciaron a éste último en el camino de la sabiduría. Los múltiples encuentros entre Averroes y Abenarabi entrecruzaron las dos vías distintas de los musulmanes de su época para conocer la Verdad: la de la razón (Averroes) y la de la gnosis mística sufí (Abenarabi) porque no en balde este último ha sido calificado por los sufíes como quizás el más importante de los maestros de dicha escuela filosófico-mística, por encima, incluso, de Maimónides o Avicena, y puntal de la cultura universal.

Fueron sus guías espirituales iniciales dos mujeres, Shams de Marchena y Fátima de Córdoba, de las cuáles el sabio habla en uno de sus 400 manuscritos:

” Shams vivía en Marchena de los Olivares, donde yo iba con frecuencia a visitarla. Entre los hombres espirituales, nunca he conocido a nadie que tuviera semejante dominio de su alma. Sus prácticas y sus revelaciones eran realmente notables. (…) Ocultaba su estado espiritual, pero sucedió que me confió en secreto un aspecto, pues a veces tenía revelaciones respecto a mí y sentí mucha alegría”. Probablemente fue de Shams de quien aprendió el poder de “expresar los pensamientos de los demás” (telepatía), así como los dones de la clarividencia, la premonición y hasta la bilocación.

“Cuando conocí a Fátima, ya tenía 90 años y se alimentaba de restos de alimentos (…). Aunque tan vieja y comía tan poco, me daba vergüenza mirarla a la cara, pues la tenía rosada y fresca”
Fátima fue quien designó con toda claridad sus cualidades como él mismo relata en la biografía de su maestra:
“Los otros vienen a verme con una parte de ellos mismos, dejando en sus casas la otra parte, mientras que mi hijo Ibn Arabí es un consuelo para mí, él es la frescura de mis ojos, porque cuando viene a verme, viene todo entero; cuando se levanta, se levanta toda su persona y cuando se sienta, se sienta con toda su persona. No deja nada de sí mismo, en otra parte. De esta forma es como conviene estar en la Vía”

Aún muy joven, Ibn Arabi contrajo matrimonio con una sevillana, Maryan bint Muhammad ibn Abdun, quien favoreció la preferencia de su marido hacia la vía del sufismo. No obstante, este temprano enlace matrimonial no impidió que su ansia de saber le condujera a una vida viajera, recorriendo primero Al-Andalus y luego el Norte de África. Posteriormente, se alejó para siempre de Sevilla y marchó a El Cairo y Jerusalén. Finalmente, en 1203, después de pasar dos años de emociones espirituales en La Meca, decidió continuar viaje a Bagdad, Mosul, Konya (ciudad de la actual Turquía y antigua capital del Sultanado de Rüm) y, por último, Damasco, donde se estableció en 1223. Allí vivió durante 17 años.

Ibn Arabí murió víctima de las torturas por oponerse a los excesos de la alta sociedad de Damasco, enriquecida por el dinero fácil del negocio de las caravanas. Se cuenta que subió al monte Qasiyun, a las afueras de la capital siria, y dirigiéndose a la multitud dijo: “¡Hombres de Damasco!. El dios que adoráis está bajo mis pies”. Entonces la gente se abalanzó sobre él, lo encarcelaron por blasfemo y sólo la intervención de alfaquíes amigos le salvó de la muerte, pero no de un martirio prolongado que le llevó a la tumba poco después, el 10 de Noviembre de 1240 a la edad de 75 años. Fue enterrado en el mismo monte Qasiyun y la élite de Damasco le odiaba tanto que destruyó su sepultura. Sin embargo, Arabí había pronunciado una misteriosa profecía: “Cuando las letras Sin (“s”) y Shin (“sh”) se junten, se descubrirá mi tumba”.

Mucho después, en 1516, cuando el sultán otomano Selim II conquistó Damasco se le recordó esta profecía y la interpretó como que el día que Selim (que empieza por “s”) se encuentre en Damasco (en árabe es Shams y comienza por “sh”) se encontrará la tumba de Ibn Arabí.

Tumba_IbnArabi

Ante esto, el sultán organizó una expedición que buscó y halló el enterramiento y siguieron excavando bajo los restos hasta encontrar un tesoro de monedas de oro que reveló lo que Arabí quiso decir en vida cuando sentenció que “el dios que adoráis está bajo mis pies”. Selim II destinó el tesoro a pagar la construcción de un santuario y una mezquita en el lugar de la tumba. Ambas pueden visitarse hoy en el enclave de Salihiyya, en la moderna Damasco, y es lugar de santa peregrinación para el mundo musulmán

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